Editorial:
Invasión
editorial_259

En los últimos días hemos visto como algunos vecinos se apropian de metros de terreno que no les pertenece. Lo más inverosímil es que creen que esa tierra es de ellos y pueden hacer lo que quieran. Así, escaleras, jardines, patios y otros espacios son creados para beneficiarse sin importarle, aparentemente, los otros vecinos.

Esta imagen nos recuerda lo que vivimos desde hace años en las ciudades: calles cerradas, parques cercados, estacionamientos de automóviles improvisados en vías abiertas; ante argumentos que van desde la seguridad, el maltrato a las áreas verdes y hasta el acuerdo entre vecinos.

Sin embargo, no todo es nuestro. La propiedad privada es de la puerta de la vivienda hacia adentro. La vereda, sardinel, pistas, parques, ciclovías y otra infraestructura que no está dentro de alguna propiedad claramente delimitada, es de todos; un área que la municipalidad debe resguardar y cuidar para el adecuado desarrollo de la ciudad.

No obstante, todo se rompe cuando se crean situaciones como esta. ¿Cómo es posible que alguien construya una escalera sin que la autoridad se percate? ¿Cómo es que cierran calles por temor a los asaltos sin que la autoridad lo autorice? ¿Cómo surgen estacionamientos que ocupan largas vías durante la noche?

La invasión de espacios públicos está prohibido por ordenanzas municipales; así como el impedimento de accesos o salidas a calles de los distritos. ¿Qué pasaría si ocurriera una emergencia en una calle totalmente trancada y una ambulancia, bomberos o la policía no pudieran ingresar? Una desgracia, seguramente.

Pero el tema trasciende. ¿Qué hacer con esos vecinos que han cercado veredas y construido escaleras? La respuesta es contundente. Ya no pasa solo con tramitar y hacerles llegar notificaciones para que deshagan su obra. Ya pasa por ejercer la autoridad, pensar en el resto de vecinos y eliminar cualquier infraestructura que atente contra el libre tránsito de los peatones.

Es una tarea urgente, que además nos recuerda, el clásico argumento de varios vecinos y malos maestros de construcción: “luego se regulariza”, “nunca supervisan”, “he hecho varios trabajos así y nunca pasa nada”. ¿Hasta cuándo? Pedimos ciudades amigables y somos ciudadanos nada amigables con los vecinos y hasta somos inconcientes.

Y no solo ciudadanos sino también autoridades y alcaldes inconcientes, por decir lo menos, ya que suponemos que saben mucho de ciudad y son profesionales aptos para manejarla. ¿Cuándo empezarán a caminar por su jurisdicción y resolver situaciones tan simples como liberar los parques y abrirlos al públicos? Empero, lo más terrible, en estos tiempos, es que hagan lo contrario como lo hecho en un terreno ubicado al final de la avenida Angélica Gamarra cruzando la Panamericana Norte, en el distrito de San Martín de Porres. Esa área, descuidada por cierto, era usada por los vecinos como una canchita de fútbol, hoy se ha convertido en un bonito parque, sin embargo, adivinen qué, está cercado. O sea, se logra rescatar esa zona, pero ¿para qué?

Las ciudades necesitan oxigenarse, liberarse, dar prioridad al peatón, a la gente de a pie. El principio de autoridad es primordial, sin abusar, por supuesto, y pensando en el bien mayoritario y común. La invasión del espacio público es un atentado, que no se puede permitir. Pero tampoco se puede permitir, una ciudad sin infraestructura pública ni seguridad, que nos permitan disfrutarla en comunidad.