A prepararnos
editorial

El reciente sismo ocurrido en el norte de Chile, con la consiguiente alerta de alarma de un tsunami que se extendió hasta nuestro país, generó nuevamente las preguntas relacionadas a si estamos preparados o no ante un eventual movimiento telúrico en nuestra tierra o frente a nuestro mar. Si vemos las imágenes propaladas tras el sismo de 8.2 grados en el país del sur, nos damos cuenta de que no.

El orden con el que transitan los peatones y vehículos es increíble para el común de los peruanos. Las vías de evacuación debidamente señalizadas, acompañadas de las sonoras sirenas ubicadas a lo largo de su litoral y en la ciudad; así como tener como guías a las autoridades policiales y demás involucrados en seguridad, nos acercan a una trágica realidad que nos augura un mal termino, y no solo por la destrucción que pudiera generar un gran sismo, sino por la poca preparación que tenemos para reaccionar adecuadamente frente a este.

¿Cómo se comportarán nuestras edificaciones? Allá, se ha observado poco daño, cosa que no auspiciamos acá, debido a la informalidad con que se ha venido edificando en las últimas décadas. Mala construcción por la falta de supervisión técnica, materiales no adecuados para cimentar, suelos con poca capacidad sísmica, entre otros, no resistirían ante un movimiento telúrico alto. Recordemos lo sucedido en Pisco hace siete años. Poco quedó de la ciudad y la falta de reacción de la gente ocasionó la muerte de más de 500 personas que enlutaron el país.

El uso de la Norma Técnica Peruana de Diseño Sismorresistente 030 es de exigencia reciente y establece un procedimiento dinámico para el análisis de cualquier edificio y un método estático para edificios regulares y de no más de 45 m de altura. Si la norma se cumple, los nuevos edificios, producto del imparable movimiento inmobiliario, se comportarán acorde con los estudios y no significarán peligro para sus habitantes.

Empero, qué podemos esperar de los otros. Aquellos que, incluso no llegan a los tres pisos, pero que están asentados sobre laderas de ríos, arenales, pendientes y quebradas de cerros, por ejemplo, las casas ubicadas en Lomo de Corvina (Villa El Salvador), Manchay (Pachacamac) o Pachacútec (Ventanilla). Qué pasará con las casonas ruinosas y tugurizadas ubicadas en el centro de Lima, Barrios Altos o el Rímac. Qué pasará con los edificios que no deberían colapsar ni parar bajo ninguna circunstancia, como son los hospitales.

Esto último es una situación grave, ya que un estudio de 1997 hecho por el Cismid alerta sobre la condición de varios hospitales de la capital. Hasta ahora no hemos recibido noticias sobre su reforzamiento ni mejoramiento de los que ya conocemos. Los colegios o estaciones de bomberos, así como las postas médicas, muchos construidos por la población para satisfacer una necesidad básica de infraestructura tampoco tendrían que colapsar. Sin embargo, nada asegura lo contrario si es que no han sido supervisadas y levantadas con los materiales que las normas, el suelo y la ingeniería exige.

La tragedia puede significar decenas o cientos de pérdidas humanas si no se toman las salvaguardas necesarias. Ni que decir de las pérdidas económicas que creemos serían incalculables. Sin olvidar la capacidad general que deberíamos tener frente a los trabajos de reconstrucción, donde la historia reciente no nos ayuda. Ya han pasado siete años de lo de Pisco y hasta ahora seguimos viendo destrucción y trazos inconclusos de todo.

La mano de obra técnica calificada para las obras de reforzamiento generales, la ubicación y construcción de refugios temporales, la capacitación para la reacción inmediata frente a un terremoto, que significa no solo la primera escapada del peligro sino la actividad posterior al sismo; la concientización por parte de la población de que la formalidad en la construcción es lo único seguro, es parte de la estrategia inmediata que las municipalidades, gobiernos regionales y el Estado junto a sus entidades ejecutoras, deben asumir y comunicar de manera urgente.